La mitología hindú-védica es una de las tradiciones espirituales más antiguas y complejas del mundo, nacida en el subcontinente indio a partir de los Vedas, textos sagrados que recogen himnos, rituales y visiones sobre el origen y el funcionamiento del universo. No es un sistema cerrado, sino un flujo vivo de símbolos, donde lo divino se manifiesta en múltiples formas y niveles de realidad.
En su núcleo se encuentra la idea de un principio absoluto, Brahman, la esencia infinita e inmutable que lo contiene todo. De él emergen los dioses, las fuerzas naturales y la propia conciencia. Frente a esta unidad, el mundo se percibe como una danza de manifestaciones, donde cada forma es real y, a la vez, parte de una totalidad más profunda.
Los dioses védicos —como Indra, Agni o Varuna— representan fuerzas cósmicas fundamentales: el rayo, el fuego, el orden universal. Con el tiempo, esta visión evoluciona y da lugar a figuras como Brahma (creador), Vishnu (preservador) y Shiva (transformador), que encarnan los ciclos eternos de creación, conservación y disolución.
Uno de los conceptos clave es el dharma, el orden que sostiene el universo y guía la acción correcta, junto con el karma, la ley de causa y efecto que vincula cada acto con sus consecuencias. La existencia no se limita a una sola vida, sino que se despliega en un ciclo continuo de nacimiento, muerte y renacimiento: el samsara.
En esta mitología, el tiempo no es lineal, sino cíclico y vasto, medido en eras cósmicas llamadas yugas, donde el universo se expande y se repliega en un ritmo eterno. El propósito último no es simplemente vivir, sino reconocer la unidad con lo divino y liberarse del ciclo, alcanzando el estado de moksha.
Es una cosmología donde todo está interrelacionado: lo humano, lo divino y lo natural forman parte de un mismo tejido, y la realidad se experimenta como una danza sagrada entre lo visible y lo eterno.